¿Y los blogs para qué sirven? Lo cierto es que aún no sé muy bien para qué, pero no está nada mal de vez en cuando, en una súbita y espontánea explosión de energía creativa (no, no necesariamente creativa, pero sí teniendo una intención clara) devolverlo todo, vomitar la imaginación en unas pocas líneas, las que sean, sin pensarlo demasiado, todo aquello que desees, sin trabas, sin ataduras, sin cadenas. Estos últimos días me siento especialmente melancólica -¿o se dice nostálgica?- Ah, ya no sé, las palabras se me escapan de entre los dedos, se burlan de mí, me confunden, es como el amor, tengo miedo de que me abandonen, se ríen de mí, condenado artificio de gran poderío creado por el hombre y que al hombre mismo puede hacerle ser inmortal...Pero basta. Quiero ir a tomar un capuccino (¿se escribe así?) bien caliente, allá, en la plaza junto a la antigua discoteca, esa que tiene un chiringuito al aire libre y está rodeada de un muro con una graciosa mano de pintura a lo estilo "vacuno" y el letrero enorme, ahí, pintado, en mitad de un oceáno de manchas negras (¿o espacios blancos?), con el vapor húmedo y caliente, oloroso y gratificante del café que me empaña las gafas y se mezcla en amorosa filigrana con mi propia respiración, y qué espectáculo era aquel...Con un libro entre las manos, porque siempre llevaba un libro (¿acaso ahora no es igual?), uno cualquiera, quizás uno al que no le daba mucha importancia, uno que había encontrado por casualidad al pasar mi mirada por todos los lomos de los que figuraban en los estantes de la biblioteca de mi casa, quizás por tener un título sugerente, un dibujito gracioso en la portada, adornos de oro que abrazaban su complexión...O quizás simplemente porque el imán de mis manos solo funcionaba con algunos libros, o porque ese imán cambiaba cada día, que cada día escogía uno distinto al anterior, pero sin olvidarme del anterior, pensaba en el nuevo, y lo miraba, lo remiraba, lo acariciaba, lo reacariciaba, y cómo disfrutaba, qué placer tan indescriptible el de aprender a matar con esos libros, porque todos eran diferentes, pero todos tenían el mismo objetivo entre mis manos, y yo dejaba mi huella, mi firma, en cada uno de los que tocaba, la prueba que me llevaría a la condena (¿a la cárcel?), pero no me preocupaba, no cuando el imán se acercaba peligrosamente a la estantería, dictador de mis movimientos, lo cogía, el Elegido, y se dirigía siempre al mismo punto, allá, allá donde no existía nada, ni siquiera podría llamarlo espacio (¿por qué las palabras me rehúyen? ¿Las mataría a ellas también?), ni lugar, ni "allá", era un "ello", no, porque no existe ni existía, era y es un "alló" (pero sin "h"), sí, eso podría definirlo mejor (¿pero cómo "definirlo"? ¿definir sin referente?)...
La muerte se producía sin dolor alguno, pero se prolongaba, y era dulce, dulce como la mermelada de membrillo demasiado azucarada y pegajosa, se me quedaba entre los dientes, entre el corazón y las costillas, escurriéndose frígidamente y con cautela, y entonces me recorrían la espalda mil escalofríos distintos, porque sabía lo que vendría, el suspiro de alivio, el descanso final, merecidísimo, que la muerte provocaba en mí internamente, como el vapor del capuccino, me nublaban entonces la mirada las letras poderosas, absorta y colgada las miraba, en una danza peculiar, en una especie de Dorado propio, ritual extraño, que se producía todos y cada uno de los días (o quizás fui haciéndolo menos durante los últimos años) que el imán me atraía a la (¿ala?) estantería. No sé qué hacer, Doctor, no sé qué hacer. Por ahora, fúmese un cigarrillo, su bata blanca se difuminaba, por qué estaba allí, no sé qué hacer doctor, por eso estaba allí, su hora se ha terminado, quiere usted continuar, sí, por favor, pero no se levante, haga el favor, ay, necesito moverme, como usted desee, usted es libre, sí, soy libre cuando mato, Doctor, ¿soy un monstruo? No, usted es una víctima. De quién, Doctor, no entiendo nada, deme alguna pista. Usted dice que disfruta matando, ¿no es así?, y aún viniendo hasta aquí y contándome todo no entiende usted el motivo del por qué le gusta matar, usted es una víctima de sí mismo y de su subconsciente social, usted lo sabe pero se hace el, ¡doctor!, no saque las cosas de quicio, cómo voy a saber, lo sabe todo, absolutamente todo, pero no quiere darse cuenta, mire en su interior, ¡yo hablaba de matar el tiempo! A usted le presiona el tiempo, usted es una víctima más, admítalo, cuanto antes lo haga, se sentirá...¿mejor? ¿eso cree? no soy víctima de mí mismo, ¿por qué soy víctima de mí mismo si intento encontrar lo que todo hombre busca y no consigue, que no es otra cosa que la verdadera libertad? Porque usted, amigo, como hombre que es, no puede desafiar ni al tiempo, ni al espacio, ni a la misma existencia. ¿Usted acaso es Dios para decirme que eso no es cierto, que con mi propia capacidad soy capaz de matar al tiempo? Señor, lo que digo es que es físicamente imposible que dicho hecho se de en la realidad. ¿Y qué es la realidad, Doctor? ¿El cuerpo humano? ¿La mente humana? ¿Las cosas que tocamos, las que vemos u olemos, los sonidos que escuchamos, el canto de los pájaros, la lluvia, las palomas de la iglesia, el cansancio, el tedio, el tiempo? Le digo que es físicamente...El tiempo nunca conseguirá vencerme, Doctor, nunca, la sociedad es un mito, el tiempo que maneja la sociedad es un mito, los enemigos de la sociedad son mitos, cuentos, literatura, letras, ideas...¿no es, acaso, la sociedad, víctima de sí misma? Se crea con la imaginación, se destruye con el producto de su imaginación. Hay productos muy distintos...Pero, señor Doctor, el tiempo, el tiempo es el peor de ellos, y las únicas armas de las que el hombre dispone para combatirlo son un buen capuccino y un buen libro.
Bonito texto. Sigue que el que persiste lo consigue. Saludos
ResponderEliminarINCREÍBLE
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